Leer a los rusos
La conferencia de Pardo Bazán
Emilia Pardo Bazán fue la primera mujer en impartir una conferencia en el Ateneo, allá en el año 1887. Aquella resultó ser otra de tantas primeras veces para ella: primera mujer en ser admitida como socia de dicha institución (en 1905), para posteriormente ser nombrada presidenta de la sección de literatura; primera mujer en ser catedrática en la historia de España, en 1916, con la cátedra de Literatura Contemporánea, otra provocación en sí misma para un país que, en lo académico como en tantas cosas, vivía bajo el axioma de que “cuando no se ha hecho una cosa, es que nunca se ha de hacer”. También fue la primera impulsora del naturalismo en España, y consejera de Instrucción Pública por orden de Alfonso XIII, resultando clave en la ley que abrió definitivamente la educación universitaria a las mujeres. Para los morbosos: además de todas estas cosas le dio tiempo a ser amante de Benito Pérez Galdós, en una relación de insólita igualdad que habla muy bien de ambos, tanto por lo subido de tono como por la fascinación intelectual que sentían por el otro los dos autores más importantes de su generación.
Lo de no entrar en la RAE, anécdota que hoy se valora al kilo, fue lo de menos en una de las biografías más apasionantes del siglo XIX. Pardo Bazán es, de largo, la escritora más importante de la historia de España, y si no aparece en todas las conversaciones y todas las estatuas y da nombre a todas las calles es porque, además de feminista, vanguardista, brillantísima y polémica era una señora conservadora, católica y fea. Además de carlista y acuñadora del término de la leyenda negra española.
En aquella primera conferencia del Ateneo, Pardo Bazán habló de los escritores rusos de su generación. Ella era de las pocas personas en España que estaba verdaderamente al corriente de lo que se hacía fuera; a los rusos los leía en francés, traducidos, gracias a su infatigable presencia en París, donde no solo admiraba a Zola o Víctor Hugo: también era su amiga, los trataba, y les rebatía cosas. En esos salones, los rusos estaban en boca de mucha gente. Los nombres que hoy suenan a dioses de bolsillo (Tolstoi, Dostoievski, Chéjov…) eran entonces creadores en toda su potencia, renovadores, desde la lejana Rusia, de los límites de la novela. Debió de ser, en España, una conferencia de un exotismo poco común.
Igual que Pardo Bazán, yo estoy loco por aquellos rusos, y su atractivo no lo amaina el siglo y medio de distancia. Estoy loco por esas vidas brutales, violentas, románticas y espirituales. Por las princesas que se llaman Polina y se enamoran de un joven coronel. Por las verstas de tierra arada por campesinos que beben vodka y cuentan historias a desconocidos, con las manos pegadas a la estufa. Por los médicos que mueren salvando vidas, o que diagnostican la muerte de un bebé. Por los príncipes que se juegan generaciones de fortuna en una partida de cartas. Por las noches blancas de Moscú y las prisiones de Siberia. Por las estepas en las que cabalgan los tártaros. Por la criada y el ermitaño. Por las familias malditas, los bailes y la invasión de Napoleón. Por la desesperación y la vida.
Quizás en todos ellos reconocía doña Emilia el cúmulo de debilidades, deseos y pasiones que constituyen la vida secreta de cada ser humano, elevados a la máxima potencia por aquello que Tolstoi definió como “el alma rusa”. El todo o nada, la bondad y el pecado en su esplendor. El pueblo trágico que sufre y siente a su vez un amor desmedido por la vida. La magia hiriente de la literatura.
Las contradicciones sin edulcorar de aquellos lejanos rusos siguen iluminando nuestros rincones más oscuros. Imagínense cuando Pardo Bazán. En la vajilla de su casa de la calle San Bernardo de Madrid se leía el lema De bellum luce (“a la luz de la batalla”). Quizás con eso no haga falta decir nada más.



Te descubrí hace poco y cada vez que leo uno de tus textos pienso lo mismo "qué gusto".
Muy acertada reflexión. Comparto totalmente esa admiración por "los rusos".