Piscinas
El tiempo y el cloro
Lo primero eran los bichos. Pegábamos la frente a la hierba hasta olerla, aspirarla recién cortada. Había que fijar la vista en un punto concreto. De pronto el mundo microscópico comenzaba a aparecer. La hierba se movía, como el mar, bajo el peso de los insectos. Sus patas bastaban para doblegar levemente aquellos arbolitos de césped. Trepaban sobre nuestros dedos. Las hormigas, las mariquitas, los escarabajos, girábamos la mano encogida y al darle la vuelta seguían ahí, aferrados a nosotros. A las lombrices las llevábamos hasta las verjas de metal ardientes y las dejábamos freírse en ellas, alucinados mientras contraían su cuerpo entre espasmos de dolor. De los pinos recogíamos las piñas y, con ayuda de unas piedras, llegábamos hasta el piñón. Los comíamos. Subíamos a casa con las manos manchadas de negro y agotados.
Las piscinas sabían a agua y cloro, que entraba por la boca y la nariz. Saltábamos desde el trampolín, prohibido justo con la edad en la que dejó de importarnos tanto. Regresábamos con pequeñas heridas de guerra, en las manos y en los pies. Buceábamos y tocábamos el fondo, y ascendíamos a la superficie con los oídos y el pecho comprimidos, con el pelo liso cayendo sobre las gafas transparentes. Subían con nosotros las pompitas de oxígeno, en la piel y el bañador. Eran las tardes de las carreras, los concursos de saltos, las ahogadillas, la pelota y el estropicio final: el llanto del niño que rompía el conjuro del juego. Todos volvíamos a la toalla con el llanto.
Llegaba el día en que nuestra vecina aparecía con unas amigas, o que dejábamos de ver a nuestra vecina como una amiga. El mundo partido en dos. Ahora los juegos parecían una chorrada, había que huir de ellos. Había que civilizarse. Había un bien superior: las chicas. Nos íbamos a sentar a su lado e íbamos a jugar a las cartas, o simplemente a hablar; íbamos a pasar del fútbol o del bruterío, necesitábamos estar cerca de ellas aunque implicara emplear el tiempo en estupideces, en algo tan tonto como tomar el sol. Penosos rituales, pensaba alguno. A veces dudábamos de ellos, pero en el alma poética del nuevo adolescente todo tomaba sentido cuando dos muslos se rozaban, el suyo y el nuestro, o cuando al estirar su brazo veíamos el pelo caer hombro abajo, y se nos descubría el punto y aparte de un lunar sobre la piel morena.
En la universidad no solo habíamos visto ese lunar: lo habíamos probado. Aquel lunar era nuestro, hijo torpe de las prisas, los deseos y el atropello triunfal de ser adultos. Había sabores nuevos en nuestra boca, olores nuevos en nuestra piel, y bajábamos a la piscina con la certidumbre del secreto: sabíamos qué había más allá. Podíamos estar como antes en ese juego de cartas, daba igual. Los dos muslos que se rozaban habían convivido a solas, en una habitación, una noche en la que los padres no estaban, en la que el mundo se abría ante nosotros. Era la trascendencia del sexo, de puro feliz a veces hasta triste.
Se acababan los veranos que habíamos conocido. El trabajo. Llegábamos a las piscinas blancos, debiéndole nuestro tiempo a alguien. Imbuidos de responsabilidad, apóstoles de la oficina. Sin privilegios: mejor sin privilegios. Había que estar sin privilegios ni veranos de chaval, había que ganar, que santiguarse en inglés, que sufrir el éxito. Los coches de las chicas que nos gustaban, todavía de sus padres, bajaban a toda hostia por la Castellana, la conductora borracha, y nosotros borrachos también, y todo era un poquito más urgente, en chupitos, concentrado. Ansia de vernos tan adultos en un verano tan joven.
¿Qué quedará por descubrir? La piscina, que abre hoy. ¿Pero qué hay ahora en la piscina? Un remanso de paz en el que nadie se juega nada. Nos ponemos bien crema de sol, hablamos en voz baja, leemos en la sombra o nos lanzamos a nadar. Nuestros cuerpos no son lo que eran ni tampoco lo que serán. A algunos les ha ido cambiando el lenguaje, a otros la cara, a otros el hambre. Pero no estamos solos: ya nunca lo volveremos a estar. Hay gente nueva aquí, los auténticos protagonistas. El hijo de un amigo, que apenas sabe andar, me trae una mariquita entre sus manos.


